Las redes sí son el Perú

Solo hay que saber como mirarlas...

A partir de la muy valiosa información disponible en el documento “Redes sociales en la campaña electoral” de la Dirección Nacional de Educación y Formación Cívica y Ciudadana del Jurado Nacional de Elecciones (disponible en https://t.co/cFav3tjpNV), surgen varias ideas interesantes para discutir cuánto influyó lo digital en las elecciones generales peruanas de 2021. Les recomiendo consultar el documento mencionado.

Muchos repiten el mantra de “el Perú no es las redes”. En realidad, lo que quieren decir es que el Perú no es su red, aquella que les decía día a día que había un montón de conocidos entusiastas negando la realidad que se notaba en encuestas, en otras redes, y en otras partes del país que no son parte de sus redes. Si hubieran mirado, o tenido acceso, a las redes de aquellos que no pensaban ni vivían de la manera que uno piensa o vive, no sería tan singular lo que ocurrió el domingo 11.

Esto se debe, en parte, a la lamentable confusión que nace de la flojera terminológica que convirtió hace años social networking en redes sociales. Con el tiempo, el término —el concepto— que se asentó en el análisis académico y en la discusión pública fue social media, es decir medios sociales (aunque algunos sientan la necesidad de decirlo en inglés). Los medios sociales son eso, medios que permiten replicar, ampliar o aprovechar las redes sociales, que son fenómenos sociológicos; el networking es un gerundio que no tenemos en español, y que se perdió en la traducción.

Insistir en que Facebook o Twitter son medios nos permite centrarnos en lo que define el estudio de medios: sus atributos, es decir cómo configuran nuestras oportunidades de comunicar, y cómo definen nuestros discursos. Esos atributos son inherentes, es decir construidos en el medio mismo, o sociales, desarrollados en la práctica. Twitter, por ejemplo, tiene atributos inherentes como su orientación a mensajes breves y permitir el retuit, pero ha sido construido socialmente como un medio de contienda, donde la disputa verbal escala con facilidad. TikTok, en cambio, se centra en el video con una serie de adornos y juegos alrededor de la idea de duración breve; pero ha sido socialmente construido como un espacio lúdico y juvenil. Esa combinación hace que cada medio se preste para ciertas interacciones, orientadas hacia ciertos grupos, y que permitan ampliar y potenciar ciertas redes por encima de otras.

Nuestras redes sociales tienden a crear por procesos de selección natural: aparte de la familia y de las redes legacy, como el colegio o el barrio, es nuestra vida y las opciones que tomamos, la gente con la que nos sentimos cómoda, lo que resulta en redes. Estas redes se replican en Facebook y en otros medios similares, ampliándose y fortaleciéndose conforme pasa el tiempo. Lo mismo hace toda la gente que usa estos medios.

Varía sí la intensidad de uso de los medios, y por ello, la intensidad de los intercambios simbólicos dentro de nuestras redes. Los pobres tienen menos oportunidad de estar todo el día conectados, o de ver largos videos; los jóvenes encuentran recovecos o rendijas donde hay tiempo que los más adultos no encuentran, etcétera.

Entonces los medios reflejan las redes a través de sus atributos. Pelearse con amigos del colegio es un hábito común, como ignorarlos; pero los sesgos de confirmación nos llevan a buscar a los amigos y gente que piensa como uno. Entonces aparecen anomalías: todo el mundo va a votar por tal o cual, o no va a votar por tal o cual.

Los mismo pasa en el Facebook de la persona que cree que de Soto es una opción, donde se afirma que es un gran intelectual y un genio de la economía, como el Facebook de aquel que cree que Verónika es valiente, o que Keiko es una garantía de éxito económico, o que Lopez Aliaga acabará con los riesgos al orden natural de las cosas, o que con Castillo realizaremos la promesa cuasi divina de ser ricos en un país rico. Cajas de resonancia donde nadie es particularmente crítico sino del rival.

Ampliar y potenciar es el punto. Las redes están ahí. Basta mirar indicadores como el interés creciente en Facebook por Castillo, desde enero hasta inicios de abril: de cero a 40.000 antes de la elección. Como contraste, la falta de crecimiento en atención (que se mide por los likes a la página) que tuvo Verónika Mendoza en el mismo período.

En otro plano, también es interesante ver como una candidata como Fujimori no propone mucho a nivel programático, pero es vista como garantía de un cierto tipo de gobierno, un sentimiento basado en percepciones preexistentes pero no en lo que dice el candidato. Como Humala puede proponer todo lo que quiera pero no logra atención, porque no hay gente interesada en formar parte de su red. O como Ciro Gálvez o César Acuña son los candidatos más positivos porque escriben en un tono tal que lo que dicen solo puede ser entendido como afirmación de virtudes propias y optimismo, sin que por eso pase realmente nada con sus candidaturas.

Nada de eso es determinativo pero sí indica interés, penetración de alguna red social, es decir de tejidos de relaciones humanas. Ahora sabemos que esos tejidos fueron usados por Castillo para crear su votación; que descansó en WhatsApp, que no es una “red” sino un medio para la comunicación interpersonal o en pequeñas redes, donde sus mensajes han circulado intensamente —como lo logró Bolsonaro en 2017.

La gracia es que la existencia de Facebook y todo lo demás permite visibilizar las redes que antes eran impenetrables. WhatsApp no podrá ser visto tan claramente pero eso no niega que si se sigue algunos indicadores con cuidado, como lo demuestra el documento del JNE, es perfectamente posible ver por dónde está pasando algo, y por dónde no. Con cierto cuidado, se puede eludir el ruido (no fijarse en Twitter para entender procesos de convencimiento electoral, por ejemplo) y concentrarse en la señal (crecimiento en Facebook y sobre todo, falta de crecimiento).

Considerar los atributos mediáticos también sirve para pensar el tipo de involucramiento o engagement que cada medio produce. Mucho se ha dicho sobre el TikTok de Hernando de Soto, por contraste a los demás candidatos: sin duda los videos que ese candidato subía eran los más parecidos a los videos predominantes en el medio, a diferencia de los muy predecibles de candidatos como Lescano, que consistían en clips de sus manifestaciones. Pero al final de cuentas, la popularidad de los videos no parece haber sido más que eso, búsqueda de diversión, antes que coincidencia y voto. El medio se presta más para reacciones frente a los candidatos, es decir videos que expresan sentimientos de los votantes. Resulta útil para estimar qué piensan de un candidato aquellos que están buscando por quién votar.

Otra característica es que esas redes son poderosas para multiplicar mutaciones divergentes del material de los candidatos. Un video en el que un candidato dice algo que provoca a sus contrincantes o que propone agresivamente ataques, se convierte en popular dentro de la red de los partidarios del candidato atacado, obviamente de manera negativa. Aquí el sentido original es mutado por alguien que lo utiliza en contra del original, al interior de una red en la que dicho candidato no podría haber entrado. Precisamente, la falta de interacción externa con la red creada por los votantes de Castillo permite pensar que no solo nadie lo vio, sino que no se sabía que representaba y qué podia pretender hacer. Un poco de anticampaña digital podría haber tenido efecto, pero el abandono lo ayudó.

Pero también hay otras señales a atender. El poder que pueden expresar los medios sociales es el de convocar dentro de la red para que se produzca convencimiento de otros pero no en “redes”, sino en redes, es decir mediante la conversación directa, el envío de WhatsApps, el diálogo entre pares. Ya se mencionó que Bolsonaro distribuyó mensajes por WhatsApp que al difundirse dentro de redes resultaron en mayor credibilidad y convencimiento: no en todos los casos, pero si alguien de confianza te dice algo es más posible que lo creas. Esta forma de conectividad, o acción conectiva, ha sido usada muchas veces por muchos candidatos, digital o presencialmente: no tengo evidencia directa pero hay suficientes historias de cómo creció Guzmán en 2016 gracias a contactos en redes de venta a domicilio de productos de belleza como para pensar que ese camino le abrió puertas que no sería accesibles por medios tradicionales, o medios sociales. Similarmente, Castillo creció en el tejido de redes de docentes escolares que veían atractiva la posibilidad de contar con un par en el poder.

Esta forma de hacer campaña se amplia y potencia con los medios sociales, pero hay que hacerla, hay que crear condiciones, contenido y promoción para que ocurra. Contenido atractivo, explícitamente a favor de esa opción —lo usó López Aliaga, aunque su convocatoria siempre se autorestringia por el tono agresivo y ultramontano de la misma. Es posible crecer si se aprovecha lo que permiten los medios y se penetran las redes.

El punto de fondo es simple: los candidatos reflejan redes, algunas más amplias y diversificadas, otras mínimas y sin escape, otras encerradas en sí mismas. El Perú es la suma de sus redes, y la crisis de representación también es la incapacidad de las organizaciones políticas de ampliar sus redes, como de usar sus medios digitales para intentar una ampliación. Si solo hablas dentro de tu casa, sin importar cuánta gente haya dentro de la misma. nadie fuera de ella te hará caso. Y para ganar una elección presidencial necesita que te escuchen en la calle.